miércoles, 29 de abril de 2026

[One-Shot] La sombra sobre Tatooine (Mandalorian)

 El atardecer en Tatooine no era un acontecimiento, sino una herida lenta. Dos soles gemelos se derramaban sobre las dunas como yemas de un huevo cósmico, tiñendo de sangre y cobre las arenas que habían tragado imperios y susurros. Sobre una duna, una figura solitaria cabalgaba una speeder oxidada. No era un fantasma, pero parecía uno.

El cazarrecompensas conocido como Mando apenas se distinguía del paisaje: su armadura beskar, antes reluciente, ahora era un mosaico de rasguños y polvo estelar. A sus pies, la esfera verde y arrugada de Grogu descansaba en su cuna flotante, con una de sus enormes orejas caída hacia el lado, como una vela de barco en calma. Dormía. Pero no tranquilo. Sus dedos de tres garras se crispaban al ritmo de algún sueño que olía a humo y a templo en llamas.

Mando detuvo la marcha. El motor tosió un último suspiro y se rindió al silencio. Desde allí, el horizonte era una costura imprecisa entre la nada y el vacío. A lo lejos, las luces de Mos Eisley parpadeaban como un animal herido. Algo en esa ciudad siempre lo ponía en alerta. Algo que no era Jabba, ni los Tusken, ni siquiera la memoria de los clones. Era un presentimiento. Una nota desafinada en la partitura del desierto.

Grogu abrió los ojos. Dos esferas negras, profundas como pozos sin fondo, miraron fijamente a las sombras que comenzaban a alargarse entre las rocas. Sin emitir un solo gorjeo, señaló con su pequeño dedo hacia el este. Allí, donde la luz ya no alcanzaba, el viento arrastraba no arena, sino ceniza. Y entre las cenizas, algo metálico y enterrado.

—¿Qué ves, niño? —preguntó Mando, con la voz distorsionada por el filtro de su casco.

Grogu no respondió. Sólo cerró los ojos con fuerza, como si quisiera guardar esa visión bajo sus párpados arrugados. Entonces, por primera vez en todo el día, la temperatura descendió bruscamente. Mando sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal, un escalofrío que no provenía del frío, sino del instinto.

En la lejanía, una figura encapuchada observaba desde lo alto de una duna. No llevaba armadura. No blandía un arma. Sólo esperaba. Y cuando la noche finalmente devoró el último rastro de sol, la figura se disolvió como un espejismo, dejando tras de sí un único sonido: el tintineo de una pequeña campana de metal, como las que cuelgan en los templos jedi olvidados.

Mando encendió el motor. La speeder rugió, desafiando el silencio. No miró atrás. Sabía que Tatooine guardaba secretos que ni los hutts más viejos se atrevían a susurrar. Pero ahora, también sabía que uno de esos secretos tenía ojos negros como los de Grogu y lo estaba esperando a él.


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